Recortes de prensa

Con esta página pretendo abandonar progresivamente mi abultado cajón desastre, donde incluyo todos aquellos recortes de periódico o revistas, bien sean artículos de opinión o de cualquier otro tipo, que por uno u otro motivo me resultan interesantes o simplemente me llaman la atención.

INDICE DE ARTICULOS

Enterrar a los asesinados por los fascistas
Niñas: el aborto 'no' es un asesinato
Antisistema
Van a por la Democracia
Catolicismo, Alba y "Educación para la Masonería"
23 F, la verdad… o casi toda la verdad


Enterrar a los asesinados por los fascistas

Ni cuantitativa ni cualitativamente fueron iguales los crímenes cometidos en una y otra zona

Los falsos historiadores distorsionan la verdad. No se puede meter en el mismo saco lo ocurrido en las mal llamadas dos zonas de la Guerra Civil española. En una, la republicana, se defendía la legalidad; en la otra, la rebelde, estaban los sublevados que provocaron la guerra.
En la retaguardia republicana, las crueldades tuvieron lugar durante los meses que duró la guerra y, casi exclusivamente, en los primeros. En el lado rebelde, los asesinatos y consejos de guerra no solo se produjeron durante el conflicto sino que se prolongaron durante 40 años.
Ni cuantitativa ni cualitativamente fueron iguales los crímenes cometidos. Cuantitativamente, las víctimas republicanas y luego antifranquistas fueron más desde el primer momento y se prolongaron mucho más en el tiempo. Cualitativamente, los generales traidores, desde que empezaron a preparar la sublevación, optaron por implantar el terror. Cuanto más dura fuera la represión, mejor. Consideraban que solo así podían triunfar contra un Gobierno que contaba con el apoyo de la mayoría del pueblo.
Desde la primera Instrucción reservada de Mola, de febrero de 1936, se exige a los conspiradores esa implantación del terror. También en las directivas para Marruecos, del 24 de junio de 1936, se detalla cómo proceder de manera inmediata a la eliminación de los izquierdistas, la detención de las autoridades civiles republicanas y el cierre de partidos y sindicatos.
Los crímenes rebeldes comenzaron antes del 18 de julio. Ya el 17 se concentró a cientos de detenidos en el campo de Zalúa, a 27 kilómetros de Melilla, y allí fueron asesinados 189 de ellos, incluidos muchos militares contrarios a la sublevación. La ola de terror se adueñaba de inmediato de cada parcela en la que triunfaban los sublevados. Obreros, campesinos, alcaldes y concejales, maestros, médicos, etcétera, eran llevados en camiones a los cementerios para su fusilamiento. En pastorales y homilías, los obispos bendecían esa "limpieza" de España.
En la zona en la que mandaba el Gobierno legítimo, este se vio en primer lugar desbordado por la sublevación de buena parte del Ejército. Tuvo que ser el pueblo en armas el que lo defendiera. Con esas armas, algunos comenzaron la ola sangrienta de la revolución que se enfrentó a la previa ola sangrienta de la contrarrevolución.
Otra diferencia entre los crímenes cometidos en la zona republicana y los que tuvieron lugar en el lado de los sublevados, es que el Gobierno, en cuanto le fue posible, intentó y consiguió impedirlos. Los dirigentes republicanos, piénsese en Zugazagoitia, fueron los primeros en protestar por las barbaridades en su zona. Nada de eso ocurría en el bando rebelde. El director general de Prisiones le decía al general Mola: "Hay que echar al carajo toda esa monserga de derechos del hombre, humanitarismo, filantropía y demás tópicos masónicos". Y con este espíritu, los sublevados prolongaron sus crímenes hasta la muerte del dictador, en 1975. No es posible, pues, meter en el mismo saco los crímenes de unos y otros. Es mentira sostener que en ambos bandos se practicó una enfurecida limpieza étnica, como sostenía Joaquín Leguina en su artículo Enterrar a los muertos.
La Transición supuso el paso de la dictadura a la democracia. No fue buena, ni mala. La quiso el pueblo, su principal protagonista. Los que intervenimos, de ambos lados, hicimos lo que se debía y lo que se podía hacer en las circunstancias nacionales e internacionales del momento. Una de ellas era la presión y el miedo al Ejército que había ganado la guerra (muchos generales del momento habían estado en la División Azul o participado en consejos de guerra del franquismo). Otras eran la guerra fría, la situación económica española y la imperiosa necesidad de incorporarse a Europa.
La Ley de Amnistía se hizo pensando en los represaliados por el fascismo. No en los crímenes cometidos por el régimen, que entonces no eran considerados como tales. Además, los crímenes contra la humanidad y los genocidios ni son amnistiables ni prescriben. Enjuiciarlos no es delito. Es un deber.
Es falso decir que se pide que solo sean honrados los asesinados por los fascistas. También es falso afirmar que se pide que sus asesinos sean juzgados. Solo se quiere enterrar dignamente a las decenas de miles de asesinados que permanecen en las cunetas. No se pretende perpetuar la división entre los españoles. Todo lo contrario. La dignidad de esos muertos y de sus familias es el único modo de pasar definitivamente la página.
Cuando los falsos historiadores mantienen hoy la versión que sobre la guerra y la dictadura escribieron los vencedores, lo hacen con el beneplácito de los dirigentes del PP, que quieren así justificar el que ese partido se niegue a romper con el franquismo. Es una exigencia que procede de la extrema derecha que aún forma parte de sus filas. Por el contrario, las derechas civilizadas europeas sí condenan los fascismos que subyugaron a sus países, no se sienten sus herederos y no admiten como antecedentes a Hitler o Petain.
Es cierto que no todos los votantes del PP se sienten relacionados con el franquismo. Pero no es verdad que "media España" vote al PP. Háganse las cuentas: la mayoría de nuestro pueblo vota al PSOE, Izquierda Unida y otras formaciones de ámbito español o autonómico que sí reniegan explícitamente del franquismo.
Teodulfo Lagunero es catedrático de Derecho Mercantil y abogado


Niñas: el aborto 'no' es un asesinato

Prefiero empezar afirmando que comprendo muy bien la inquietud de algunas personas a la hora de abordar, a veces con poca información, una reflexión, una opinión o -lo más importante y general- un sentimiento sobre la interrupción voluntaria del embarazo en el caso de las adolescentes.
Pocos saben que España es uno de los países con la edad de consentimiento sexual (recogida en el Código Penal) más baja del mundo: 13 años. El inicio en las relaciones sexuales de nuestros adolescentes se produce, según la estadística, a los 16 años, pero los últimos estudios especializados aseguran que conviene estar prevenidos a partir de los 13 o 14, tanto en el caso de los chicos como en el de las chicas (3ª Encuesta sobre sexualidad y anticoncepción de la juventud española-2008. Equipo Daphne en colaboración con Bayer Schering Pharma).
A pesar de que España es uno de los países europeos donde más se utiliza el preservativo (el 60% de los jóvenes), casi el 30% de los chicos reconocen que no siempre lo usan, elevando así la exposición al riesgo.
Los datos nos muestran que, en los últimos años, han aumentado tanto los embarazos como los abortos en mujeres adolescentes (de 1997 a 2007, la tasa de abortos en adolescentes se ha duplicado, según el informe sobre interrupción voluntaria del embarazo del Ministerio de Sanidad-España 2007).
Aunque muchos padres y madres prefieren pensar que sus hijas no están incluidas en todas estas estadísticas, lo cierto es que muchas chicas de 15, 16 y 17 años mantienen relaciones sexuales y, por tanto, pueden encontrarse con una situación no deseada y, generalmente, traumática a esa edad: un embarazo.
El objetivo de la sociedad adulta, de los poderes públicos, del sistema educativo y, sobre todo, de los padres y madres, debe ser evitarlo. Para ello, existen muchas fórmulas y medios; el fundamental es el diálogo, la conversación sin prejuicios, la información y la existencia de un espacio de confianza y respeto con las adolescentes. Todas esas herramientas son siempre mejorables pero, cuando todo falla y las chicas deciden no seguir adelante, no existe mejor solución que acudir al sistema sanitario, seguro y solvente.
En la mayor parte de los casos, las menores que se someten a una interrupción voluntaria del embarazo suelen hablarlo con sus padres (sobre todo con sus madres). Según los datos oficiales, el porcentaje de jóvenes menores de 18 años que abortan no alcanza ni el 5% del total, y la inmensa mayoría va acompañada de sus padres. (En 2007 interrumpieron su embarazo 14.807 mujeres de entre 15y 19 años. Las menores de 15 que acudieron a una interrupción voluntaria del embarazo fueron 500).
En un momento así, lo que las niñas buscan -y necesitan- es apoyo y cariño. Lo mejor para ellas, sin duda, es encontrarlo en su familia. Pero, desgraciadamente, no siempre es posible... Existe un reducido número que jamás lo dirá en casa por distintos -y, muchas veces, poderosos- motivos. Para esas jóvenes, las que se encuentran más solas y son más vulnerables, está pensada la medida que reforma la Ley de Autonomía del Paciente, resolviendo que no sea determinante el acuerdo paterno.
Si no es así, ¿qué alternativa tenemos?, ¿es, acaso, razonable mantener que las chicas no tengan capacidad para decidir abortar y sí para decidir ser madres -sin consultarlo, tampoco-? ¿Es preferible que por miedo, o por falta de recursos a su alcance, se vean abocadas a proseguir un embarazo que no desean? ¿O las dejamos, solas, buscar una salida clandestina para interrumpir la gestación?
Tampoco es una buena opción lanzar mensajes tan dramáticos como hipócritas ("La barriga es una zona libre de pena de muerte" o "Mamá, no me mates") que pretenden cargar sobre la conciencia de niñas y mujeres, la idea de que el aborto es un asesinato. No es verdad. Es tan sólo la verdad de los que consideran que hay vida en el mismo momento de la fecundación y anteponen el derecho del embrión al derecho de la madre, o que profesan una determinada fe o religión o filosofía. Pero la interrupción voluntaria del embarazo, según la legislación española actual, así como en la reforma propuesta (y la europea comparada, por cierto), no es un asesinato.
Las personas que, por su propia conciencia, rechazan el aborto son perfectamente respetables, tanto como quienes lo defendemos. Pero el límite de lo que es legal y, por lo tanto, aceptado por la sociedad, se establece en el Parlamento, residencia de la soberanía popular. La ley que ahora comienza su tramitación en las Cortes no obliga a nadie a abortar, ni a ocultar a los progenitores un embarazo o un aborto. Pretende, sencilla y rigurosamente, mejorar la protección y las garantías para las mujeres y los/las profesionales, adaptar la norma a la realidad española y acabar con algún supuesto que ha dado lugar a verdaderos abusos.
Imaginemos que una chica de 16 años se queda embarazada sin haberlo querido y que, tras pensarlo, decide abortar en los plazos y supuestos que establece la ley, ¿no es cruel que, además, tenga que cargar con la fe o las creencias de otros, con la presión exagerada de aquellos que siempre han negado a las mujeres la posibilidad de elegir? Porque de eso se trata: de que las niñas y las adolescentes reciban una educación, una atención y un mensaje de toda la sociedad que rompa con siglos de miedo y dependencia y, a cambio, les ofrezcamos seguridad y autonomía, los mejores instrumentos para la responsabilidad y para la libertad.
Elena Valenciano es diputada socialista y presidenta de la Fundación Mujeres.


Antisistema

Arde París, Bruselas, Atenas, Londres, Roma, Madrid, Berlín. Ciudades hogueras. Se queman vehículos, se destruyen monumentos, se destrozan comercios, coches, cajeros automáticos, bancos. Policías heridos. Manifestantes hospitalizados. Europa es una tea ardiente frente a las estrellas.
Mientras, los sumos pontífices de la economía despliegan su liturgia frente al becerro de oro. Ajenos al grito de la calle, permanecen arrodillados ante los mercados, los nuevos dioses capaces, como todos los dioses, de matar a víctimas inocentes, de lamer su sangre para sentirse satisfechos consigo mismos.
Se quema Europa y el mundo. Y los santones del dinero llaman antisistemas a todos los que gritan su hambre por las calles ahumadas de rabia. Bancos que usurpan paredes hipotecadas, llenas de sueños, de niños, de esperanza, mientras reparten millones de bonos entre los consejeros delegados. Farmacéuticas enriquecidas con los retrovirales negados al sida negro y africano. Millones de familias donde nadie gana un pedazo de pan o una ubre de leche caliente. Un primer mundo que vive de haber expoliado a sus colonias y que ahora expulsa a los que llegan con la mano tendida.
Se quema Europa y el mundo tiene sabor a ceniza. Y siguen de rodilla los electos del mundo, de espaldas a lo que exigen sus votantes, inmolando sus cabezas ante las agencias de calificación de deuda, los especuladores con catanas suspendidas sobre gobiernos ya nunca soberanos. Madres primerizas que alumbran a sus recién nacidos a las puertas del INEM. Viejos que deben ser más viejos para cobrar sus pensiones y prejubilados de lujo pagados con dinero público. Ancianos que toman el sol como quien toma un caldo caliente y maduros bancarios cincuentones con visa de Arman en la cartera.
Se quema Europa y el mundo porque escuecen las promesas. Se han agostado con las nieves los brotes verdes. No era urgente modificar la edad o el tiempo de cotización para disfrutar de una pensión ahorrada, nunca regalada. De repente se ha convertido en cuestión perentoria para tapar la boca de las exigencias venidas desde potentes despachos. Había que refundar el capitalismo porque el egoísmo del libre mercado, los oligopolios, nos han llevado al estado de miseria actual. Pero en realidad les hemos inyectado fuerza para resucitar de sus propias cloacas. Y ahora se permiten el lujo de rociar de hediondez su entorno y que nos sepa la vida a amargura y desamparo. Están los mismos en los mismos sitiales, con idénticos honores, con los mandatarios postrados suplicando una deuda más barata. Se rebaja el despido que es una forma de depreciar la angustia. Se achican los sueldos, las pensiones, las ayudas a parados de larga duración como quien achica la pobreza que inunda los sótanos del poder y la gloria.
La derecha se ensancha. La xenofobia se siembra en surcos sucios que cosecha muertes entre las olas. La aldea global construye muros y cada nación regresa a un extraño Berlín dividido. La izquierda es una derecha bienpensante, perfumada, atractiva, pero poco a poco apóstata, domadora de utopías incómodas, renunciando a la transformación social, comprensiva con dictaduras convertidas en clientes, sólo clientes, que dejan dividendos aunque desprecien elementales derechos humanos.
Se quema Europa y el mundo. Huele a humo, a hambre, a miseria. El mar ya no se encuentra debajo de los adoquines parisienses. Hay que ser realista y no pedir lo imposible. Que nadie queme cajeros, ni rompa los cristales de los bancos, ni manche las fachadas del dinero. Que nadie defienda a los gitanos, que los pobres se coman su hambre oscura, que la aldea global construya sus fronteras. Santo, santo, santo es el mercado. Llenos están los ricos de tu gloria. Que nadie se atreva a enfrentarse a lo establecido porque será llamado antisistema.
Los pobres heredarán el cielo. Mientras tanto que aguanten el asco y la pobreza.
Rafael Fernando Navarro es filósofo


Van a por la Democracia

La frase no es mía. Es de Alfonso Guerra. Pero la suscribo plenamente. Primero fueron a por el dinero, y se lo llevaron a manos llenas. Después fueron a por el modelo social que levantamos en Europa al coste de grandes sacrificios, y lo están desmontando pieza a pieza. Y ahora parece que van a por los políticos, pero en realidad van a por la democracia. ¿Lo conseguirán? Si nos dejamos, sí.
Pero, ¿quiénes son? Son los que detentan los grandes intereses parciales del mundo, esos que en demasiadas ocasiones resultan incompatibles con el interés general, incluso con el interés de las mayorías. Son los que ejercen los grandes poderes, esos que compiten y a menudo se imponen sobre el poder democrático. Son los grandes de las finanzas, de las corporaciones industriales, de los conglomerados mediáticos transnacionales…
Sus pulsos son cada vez más osados y más descarados, y los están ganando. Forzaron mantener la desregulación del casino financiero internacional, a pesar del tsunami que aún sufrimos, y lo han conseguido. Exigieron priorizar la reducción del déficit sobre la reactivación de la economía y el empleo, a pesar del coste social, y lo han logrado.
Reclamaron revisar el régimen de prestaciones sociales en Europa, y la revisión se ha tornado en ajuste y en recorte drástico. Pusieron el ojo sobre las cajas de ahorro, y se las van a quedar. Sospecharon de esa apuesta romántica por las energías renovables, y la están diluyendo como un azucarillo. Quisieron quebrar el compromiso antinuclear, y tendrán centrales abiertas hasta que dispongan.
Ahora han situado a los políticos en el centro de la diana. ¿Para qué necesitamos políticos cuando tenemos “profesionales”? Los políticos solo estorban, en la regulación de los mercados, en la gestión de las cajas, en el diseño de las reglas del juego… La política estorba y mancha.
Mejor que manden los “profesionales”. Aquellos podrán esgrimir la legitimidad democrática, pero estos disponen de una legitimidad más moderna, la del mérito y el dinero. De la democracia a la plutocracia o a la aristocracia, del gobierno del demos al gobierno de los mejores y de los que más tienen.
Y si la política está desacreditada, si los debates políticos se entretienen en frivolidades, y si en realidad los políticos mandan poco, porque las decisiones relevantes se adoptan en otros ámbitos, ¿para qué votar? Cuando se prescinde de la democracia, el primer riesgo es el desapego, pero el riesgo a medio plazo es el de la quiebra y el estallido social. No participo de la doctrina Pons, y no plantearé paralelismos forzados, pero puede que los gritos que estamos escuchando en algunas plazas del Mediterráneo sur no tarden mucho en cruzar a la orilla norte.
Respondamos antes de que sea demasiado tarde. Reivindicando la democracia, fortaleciendo la democracia, con una democracia nueva para un tiempo nuevo y un nuevo reto. Si los desafíos traspasan las fronteras de los Estados, si los intereses trascienden los límites nacionales, y si los poderes que buscan imponerse sobre las mayorías son poderes globales, tenemos que ejercer también una democracia global. Con legitimidad global, con programas globales, con instituciones democráticas globales. Para hacer política y para hacer economía conforme a los intereses de todos, y para no resignarnos ante el ejercicio del poder no democrático conforme a los intereses de unos pocos.
Y una democracia global exigirá un socialismo global, con un análisis global y un posicionamiento global. Pero con los valores de siempre.
Rafael Simancas es diputado por Madrid en el Congreso y portavoz de la Comisión de Fomento


Catolicismo, Alba y "Educación para la Masonería"

El semanario ultracatólico Alba acaba de excretar un nuevo artículo sobre la Institución masónica bajo el título Educación para la Masonería. Una niña de aspecto repipi sostiene una tiza mientras, en la pizarra, la escuadra y el compás nos recuerdan las asechanzas del maligno, también conocido como diablo, Lucifer, demonio, Satanás, etc., sin olvidar el alias de “Pedro Botero” para consumo infantil.
Siguiendo un guión ya manido se asocia a los masones con el presidente Zapatero. Entre ambos pretenden descristianizar el orbe para implantar un “laicismo agresivo” que acarreará la perdición (presente y eterna) de los humanos.
Visiblemente escandalizados, los autores materiales del artículo aseguran que la Constitución española de 1931 consagraba una educación “única, obligatoria, laica e inspirada en los principios de solidaridad humana”. Argumentan que eso era debido a “la presencia masiva de la masonería en los cenáculos políticos”.
Muy a mi pesar, dudo mucho que aquellos avances se debieran a alguna influencia masónica. Entre otros motivos porque jamás existió una postura unánime sobre ese asunto entre los masones. Dado que la masonería propugna el debate y el pensamiento libre, lo lógico es que hubiera masones a favor y en contra. Pero esta realidad podría estropear el titular de prensa de Alba y posiblemente por ello han omitido ese detalle.
También perturba en las dehesas ultramontanas “uno de los grandes pilares del ideal masónico: la libertad de cátedra”. Desde el fondo de la caverna retumban los anatemas contra tamaña iniquidad mientras se entonan alabanzas “a la suprema voluntad de los padres a la hora de educar a los hijos”.
Pues bien, considero sagrada la libertad de cátedra mientras que la rebuznada “voluntad de los padres” me parece una inmoralidad. Nada puede resultar más egoísta y aberrante que imbuir a los menores nuestros propios prejuicios e ideas.
De hecho, considero esa práctica como una violación, una suerte de asesinato intelectual perpetrado contra miles de niños. Entiendo que lo honrado es informar al menor sobre las distintas ideologías y valores. Y él, con el paso de los años, decidirá su pensamiento bajo la luz de la razón y la libertad. Pero razón y libertad son palabras falsificadas en el diccionario católico.
Los alaridos ultramontanos también aludían a “la masonería que rechaza el dogmatismo”. Ciertamente, poco agrede más el sentir masónico que el dogmatismo. Pero eso no significa que un masón no pueda creer en dogmas. De hecho, miles de masones abrazan el cristianismo, el Islam y hasta religiones más raras. El significado del “antidogmatismo masónico” es que nadie pueda imponer sus “dogmas” a un tercero y que, en cualquier caso, el masón esté dispuesto a abrir su mente y corazón a otras “verdades” que puedan parecer más sólidas y honestas. Esto, tan limpio, sano y razonable, es lo que provoca remolinos en el cenagal católico.
El resto de la diarrea integrista antimasónica se derramaba en forma de tópicos, inexactitudes, generalidades y el aullido impotente de quien ha de rellenar cuartillas para defender lo indefendible. Pero lo realmente sobrecogedor lo encontré tras el vómito antimasónico.
Así, pocas páginas después, se motejaba al erudito José Antonio Pagola de “herético” y se aplaudía la retirada de las librerías “por la autoridad competente” de su obra “Jesús. Aproximación histórica”… ¿Han preparado ya la hoguera para quemar los ejemplares? Por lo tanto, ya sabemos cómo se las gasta el catolicismo cuando algo no coincide con sus “dogmas”: hay que hacerlo desaparecer por…hereje.
Con total valentía, conviene proclamar que el catolicismo es, ante todo, un chorreo de superstición y meras leyendas. La mayoría muy poco originales, por cierto, y copiadas de cultos paganos (la Navidad, el nacimiento sobrenatural, la resurrección literal, la virginidad mariana…). Respeto a quien piense lo contrario, pero el catolicismo siempre me ha parecido una colosal parida alimentada por el miedo a la muerte y la dureza de la vida.
Ante eso, la masonería—con todos sus defectos—ha impulsado siempre la libertad religiosa, la democracia, el parlamentarismo, el librepensamiento, el valor de la ciencia, la razón y la cultura, la lucha contra la esclavitud y el racismo, la fraternidad universal de todos los seres humanos por encima de credos y dogmas rancios, la igualdad de la mujer… Por todo eso nos odian… ¡Menos mal, qué terrible sería si nos quisieran!
Gustavo Vidal Manzanares es jurista y escritor


23 F, la verdad… o casi toda la verdad

Los prolegómenos del golpe que nunca pasó de vodevil

¿Vivió aquel 23F? ¿O ha nacido como tantos millones de españoles en los 30 años que ya han pasado desde aquella locura? ¿Y si ya tiene cuarenta y tantos o más, recuerda realmente lo que sucedía en aquel tiempo que ya aparece en la memoria con los ribetes en color sepia? Les pregunto porque tener los datos de lo que sucedía en aquella España aún plenamente postfranquista resulta imprescindible para entender a los personajes y los hechos de esta historia que muchas veces se ha dicho que fue esperpéntica, que lo fue, pero que en realidad respondía más que nada a un tiempo en el que convivían los estertores de un mundo y el alumbramiento, aún en la fase de dilatación, de una nueva época. Así es que recordemos.
A la derecha del poder teníamos una merienda de negros y unos franquistas poco reconvertidos
En 1980 el mapa político, aunque no lo parezca a veces, era bastante diferente del actual. Gobernaba Unión de Centro Democrático, un partido que no era tal y que estaba siendo devorado, y a conciencia, por quienes ocupaban sus alturas. “La UCD”, con el artículo, como se decía entonces, era un galimatías en el que muchos gallos intentaban sacar cabeza y, como el malvado y ambicioso visir Iznogud, un personaje de tebeo también de la época, querían ser califas en lugar del califa: o sea, querían ser presidentes en lugar de Adolfo Suárez. Paco Fernández Ordóñez, que dirigía la corriente socialdemócrata, Landelino Lavilla, cabeza de un grupo de democristianos y liberales y, sobre todos ellos, Miguel Herrero de Miñón, que aún no se había reconvertido en asesor del nacionalismo vasco, y que lideraba el ala más de derechas de la democracia cristiana, dedicaban la mayor parte de sus esfuerzos a mover la silla a Suárez, y a buscar pactos que aseguraran su futuro, bien con el PSOE, bien con Alianza Popular.
Porque sí, existía entonces Alianza Popular, que habían creado los que se llamaron los 7 magníficos, siete ex ministros de Franco, que liderados por Manuel Fraga buscaban sobrevivir en los nuevos tiempos. Esta AP acabaría por comerse la mayor parte de UCD para dar a luz al actual Partido Popular. Y aquí, en este atracón original, está el origen de las tensiones que aún se viven en el PP, donde conviven la derecha más autoritaria, hija del franquismo, incluidos sus reaccionarios representantes, con lo que en cualquier otra parte serían moderadas mentes conservadoras con sus moderadas propuestas de derecha.
Y luego estaban los otros, los ultras, el franquismo puro y duro y los falangistas en todas sus vertientes. Que no han desaparecido, pero que entonces aún no se habían mimetizado plenamente ni en el PP ni en determinados medios de comunicación.
A la izquierda del poder teníamos unos comunistas en revisión y unos socialistas impacientes e inexpertos
En el otro extremo se hallaba un PCE potente, que había salido de la represión franquista con mucho prestigio y una organización interna impecable, pero que venía herido de gravedad por un hecho incontestable: el fracaso de la experiencia de los Partidos Comunistas en el poder. El terrible ejemplo de represión sucedido en Hungría, y más aún en Checoslovaquia en 1968; el descrédito de la URSS, que empezaba a resquebrajarse, llevó a los partidos comunistas de Europa Occidental, Carrillo a la cabeza, a crear lo que se denominó “Eurocomunismo”, que sirvió para que el PCE tuviera un buen resultado electoral, pero que, era evidente, nunca les permitiría tener el poder de los PC francés o italiano.
Y luego estaba el PSOE. Un Partido Socialista muy joven, comandado por los cuadros del interior, que se había sublevado contra el socialismo del exilio, los viejos republicanos, a los que los González, Guerra, Chaves, Solana, Castellanos, Maragall…, habían arrinconado, y que tenía prisa, mucha prisa, por hacerse con el poder. La calle y las encuestas les auguraban en 1980 que el gobierno estaba para ellos ya allí, justo a la vuelta de unas elecciones que deseaban acelerar, con moción de censura contra Suárez si era necesario, incluida.
Lo demás, en la izquierda, excepto el PSP que lideraba Enrique Tierno Galván, no eran más que siglas de grupos trostkistas, maoístas…, a efectos electorales y de poder, hojarasca a la espera de ser barrida por el tiempo.
Y además estaban el Ejército, las autonomías, el terrorismo, el paro, la inflación… Pero si el paisaje político era aún borroso, qué decir del social. En 1980 España estaba frente a una crisis perfecta. Los valores religiosos y morales cambiaban a “toda mecha”, expresión de la época. La situación económica era terrible. El desempleo crecía en un país en el que la cobertura social era aún limitada. La inflación superaba el 20% en algún año. Los procesos autonómicos comenzaban a concretarse, lo que ponía en marcha el fantasma del “España se rompe”. Y luego se vivían los llamados “años del plomo”, cuando el terrorismo de ETA y GRAPO provocaba que hubiera meses con casi tantos muertos como días. Una situación difícil que llevaba a añoranzas en algunos círculos. Desde luego, en las salas de jefes y oficiales de los cuarteles.
La legalización del PCE, en la que se sintieron engañados, había roto por completo la confianza de los mandos militares con Suárez. Quienes mandaban entonces en los Ejércitos eran generales que habían vivido la Guerra. Compañeros de Franco o de las promociones inmediatamente siguientes, casi sin excepción sentían un desprecio absoluto por la democracia parlamentaria y, monárquicos o no, que muchos no lo eran, aceptaban al Rey porque así se lo había pedido el dictador en su famoso testamento, que colgaba en las paredes de todos los acuartelamientos. Pero la brutalidad terrorista, que sobre todo asesinaba militares y policías y guardia civiles, entonces aún cuerpos armados; su miedo a que se rompiera la unidad de España por el proceso autonómico y, como se ha apuntado, la legalización de los comunistas, creaban un rencor y un descontento que empezaba a detenerse no sólo en Suárez, sino que también alcanzaba al monarca, a quien veían como el gran protector del Presidente de gobierno.
Suárez y el Rey el enamoramiento se había acabado
Se confundían, sin embargo. El Rey, que es verdad, había vivido con Adolfo Suárez un mutuo deslumbramiento, había comenzado a ver también al jefe del ejecutivo como un peligro para el sistema…, y para sí mismo. Es más, entre los dos había surgido una rivalidad que cada vez resultaba más evidente, sobre cuál de ellos estaba siendo el verdadero motor de la transición.
A lo largo de 1980 Felipe González, Santiago Carrillo, Manuel Fraga…, y sus compañeros de UCD, pero también banqueros, no perdían cada ocasión que tenían de pedir al Rey que forzara la marcha de Suárez. Y el monarca cada vez los escuchaba con más agrado. En aquel tiempo el Rey no sólo reinaba, además gobernaba. O lo pretendía. Pero el desencuentro tomó un rostro más serio cuando a Zarzuela lo que empezó a llegar fue el creciente runrún de que en los cuartos de armas y en las reuniones más o menos clandestinas de generales se insistía en que a Suárez sólo le sostenía el Rey y sus suertes debían estar ligadas.
Y es en este paisaje político, militar y social en el que España llega a los últimos meses de 1980, cuando se empieza a hablar abiertamente entre la clase política de la urgencia de efectuar el “golpe de timón” que meses atrás había pedido el president de Cataluña, Josep Tarradellas, y al palacio de la Zarzuela empiezan a llegar informes que hablan de la urgente necesidad de un gobierno concentración.., a ser posible, presidido por un militar.
El golpe de los soberbios
El general Armada, gracias a la influencia de la Zarzuela, regresa a Madrid desde su destierro en Lérida. Logra que bajo el mando del general Milans del Bosch se agrupen todos los posibles movimientos militares en contra del sistema, incluido Tejero. Y empuja la solución política de un gobierno de concentración presidido por un militar, él mismo. Pero de repente lo que era una operación política se va al traste, y para hacer viable el “gobierno de concentración” pasa a ser necesario un detonante… La Operación Armada pasa a ser Operación De Gaulle. Y quien provoca que fracase la operación política, la Operación Armada, es el propio Adolfo Suárez, que dimite como presidente. Consciente de los contactos que están teniendo las fuerzas políticas, en los que juega el papel primordial y motor precisamente gente de su propio partido, UCD, y del calado que tiene el regreso de Armada, Suárez pide verse con el Rey. El encuentro resulta tormentoso y el presidente no logra paralizar la vuelta de Armada. El fin de semana siguiente se lo toma para reflexionar y decide dimitir. Aparece en televisión y anuncia su fin incluyendo la famosa frase “yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España”. De esa forma Suárez acaba con la justificación principal de quienes están en la Operación Armada.
La operación ya no puede ser sólo política.
Pero Suárez no sólo se va, además deja un sucesor, Leopoldo Calvo Sotelo, que impone a su partido, en especial al entorno de Miguel Herrero de Miñón. Curiosamente no elige a alguien de especial relevancia. La explicación, para todos, es que elige a un hombre de escaso calado porque lo que quiere es dar un paso al lado por un tiempo y regresar en las siguientes elecciones como cabeza de cartel. Para alguno de quienes han estado tras la Operación Armada, la salida no resulta aceptable. Los problemas, piensan, siguen ahí: el paro, el terrorismo, las autonomías sin un techo de competencias, el problema militar… Y, ellos que creen saber lo que más conviene a España, deciden ir un paso más allá: van a crear un detonante que fuerce la creación de ese gobierno de concentración.
Para ello deciden aprovecharse de que Milans sigue empeñado, como diría a un amigo suyo militar, en que “no hay más remedio que el Rey tome el mando, lo ejerza con los líderes de los partidos políticos y acabe gobernando”. Y también de que Tejero sigue moviéndose con sus capitanes obsesionado por la toma del Congreso. En la mente de Armada y de algún otro la solución es crear una situación parecida a la que llevó al general De Gaulle a ser proclamado presidente de la República para evitar un golpe militar que amenazaban con dar los viejos compañeros del propio De Gaulle. Es decir, piensan Armada y su entorno que ya no basta con hablar del susto, hay que dar el susto.
Armada habla con el Rey varias veces en febrero
Pero de todas esas charlas, resulta la más significativa una conversación que sostienen el Rey y su antiguo tutor el día 13 de febrero. En ella Armada reconoce que “le dije al Rey que se estaba preparando un golpe, un asalto al Congreso”. El general reconoce que entonces ya sabía incluso que Tejero había comprado los camiones necesarios para llevar a las tropas. El Rey pide a Armada que hable con Gutiérrez Mellado, al que vuelve a contarle lo que se prepara. Quien entonces es vicepresidente del Gobierno, le ordena que no vuelva a hablar con el Rey sin su permiso.
Tejero, después de varios intentos, logra mientras tanto que “sus capitanes” se sumen a su plan. Uno de estos capitanes es mano derecha de José Luis Cortina en el CESID y pone a los dos hombres en contacto. Cortina, don Pepe según su nombre en clave en el servicio de espionaje, saldría absuelto en el juicio, pero según Tejero es quien reúne por primera y única vez, al general Armada y a Tejero. General y Teniente coronel se ponen de acuerdo: la toma del Congreso se hará el día 23, durante la toma de posesión de Calvo Sotelo. Ese día el Gobierno estará en pleno en el hemiciclo y podrán “secuestrar” al tiempo a los poderes legislativo y ejecutivo. Cada uno por su lado, los dos comunican la nueva situación a Milans. Se cierra el círculo.
Al final todos van al golpe a ciegas, impulsados por su soberbia
La idea que tienen es que Tejero tome el Congreso. Después, Milans se hará con el control de Valencia y a través de gente afín a él, sacarán las fuerzas de la División Acorazada Brunete para tomar Madrid. Entonce será el momento de que Armada, como había hecho De Gaulle en Francia, aparezca en el Congreso y ante la situación de fuerza, ofrezca la formación de un gobierno de concentración comandado por un militar: él. Y así, en conversaciones personales y telefónicas entre el 21 y el 22, apuran la chapuza que han cocinado entre ellos.
En su soberbia, los que han organizado el golpe han dejado sueltos detalles que piensan que se cerrarán solos… pero que fatalmente para ellos no se desarrollarán como habían planeado. Tejero cree que con la toma del Congreso puede secuestrar el régimen y forzar un cambio. Milans piensa que, por su solo prestigio, tan pronto él se ponga en marcha, y a su llamada, los demás Capitanes Generales de las otras Regiones militares le seguirán. Armada cree que retorciendo así la situación, los que le escucharon cuando hablaba de una operación política, aún fuera rayana en la ilegitimidad, sino en la ilegalidad, también le seguirían.
Lo que Tejero da, Tejero quita
Pero es que además entre los protagonistas se han contado solo medias verdades..., sino abiertas mentiras. Armada ha hecho creer a Milans que el Rey apoyaría ciegamente cualquier movimiento que hicieran por tener ese gobierno de concentración. Milans ha dado a entender a Tejero y los demás que se han agrupado en torno a él, que el golpe va a llevar no a un gobierno de concentración, sino a un gobierno de ultraderecha con fuerte presencia militar. Y ahí comienza su fracaso definitivo.
La noche del 23 de febrero, Armada acude al Congreso y habla con Tejero. Éste, casi de casualidad, le pregunta qué puesto va a ocupar Milans en ese gobierno que va a proponer a los políticos. Armada le descubre por fin que no, que ese gobierno tendrá algún militar, pero será un gobierno de concentración con mayoría de los políticos que mantiene secuestrados. Y Tejero entonces le niega el paso: “Yo no había arriesgado mi porvenir y el de mis hombres –diría en el juicio- para darle el poder al “rojerío””. De esa forma, lo que Tejero había ofrecido, la coartada para repetir la Operación de Gaulle, Tejero quitaba.
Todos se mintieron unos a otros
Al día siguiente del golpe, el 24, se celebró una reunión de la Junta de Defensa Nacional. La presidió el Rey. En ella se escucharon las cintas de las llamadas que se habían realizado desde el Congreso. Uno de los presentes, el general Quintana, contaría aquella tarde a su ayudante, el general Sáenz de Tejada, cómo habían oído una de las conversaciones entre Armada y el Rey. Armada decía a quien había sido su pupilo: “Pero esto es de lo que hemos venido hablando señor, esta es la ocasión de poner en práctica lo que hemos hablado”. Y al Rey, cada vez más irritado, contestarle: “¡Cómo me puedes decir eso Alfonso!.. ¡Esto no es…, así no, así no…!”.
Cada uno convencido de que tenía la solución para España, los que habían preparado la Operación Armada, y los que después buscaron el desencadenante de la Operación de Gaulle, se habían mentido entre ellos. Eso había hecho imposible que el golpe de vodevil, cerrado en apenas unas horas, tuviera ni el más mínimo éxito desde su gestación. Un ayudante de Gutiérrez Mellado contaba que el general, que se había convertido en uno de los héroes de la asonada cuando se vio cómo hizo frente a los asaltantes que los zarandearon sin lograr tumbarle, había definido el 23F como “el golpe de los soberbios”.
Francisco Medina es director adjunto de ELPLURAL.COM y autor del libro 23 F La Verdad